6 virtudes para gobernar una nación a ejemplo del Rey David…

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David supo ejercer el poder en torno a Dios y ser ejemplo de humildad y virtud. A pesar de sus errores, supo reconocerlos y volver a Dios…

Todo ser humano tiene un misión en la vida, y en la de algunas personas esa misión puede estar enmarcada en gobernar municipios, ciudades y hasta países. No obstante, en la actualidad se puede percibir un enorme divorcio entre los gobiernos y Dios. Abunda la soberbia y se echa de menos el Santo Temor de Dios como protección del corazón de los gobernantes.

Pensando en esto, hoy quiero referirme al rey David, aquel joven pastor, el menor de 8 hermanos y oriundo de Belén (la tierra de nuestro Mesías) quien supo ejercer el poder en torno a Dios y ser ejemplo de virtud y humildad. David estuvo lejos de la perfección porque cometió pecados horribles, siendo el más notorio su complacencia ante la lujuria que consintió en la esposa de aquel soldado fiel de nombre Urías, que lo llevó a procurar matarlo para limpiar su culpa. Pero, a pesar de esto, supo arrepentirse y buscar la misericordia de Dios. De David podemos aprender 6 virtudes esenciales para gobernar una nación con justicia.

1) Humillarse ante Dios

David sabía el origen de su poder, sabía quién se lo había dado. No en vano su composición de los salmos, pilares en la alabanza cristiana, son reflejo de ello. En el Salmo 8 David eleva esta reflexión al Señor: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?”

Esta virtud de humillarse ante su Creador, de saberse nada ante quien lo es todo, es una de las principales carencias de nuestros gobernantes modernos, esos que llegan al poder y todavía afirman que lo hicieron “por el poder del voto, afirmando que la voz del pueblo es la voz de Dios” (algo totalmente falso y absurdo pues muchas veces las mayorías aprueban leyes contrarias a su Palabra).

Jesús nos cuenta la parábola de los viñadores asesinos que refleja también esta realidad de muchos de nuestros gobernantes (Mateo 21,33-46), en donde unos hombres a quienes se les confía la administración de algo que no es suyo, buscan apropiarse de ello, incluso con violencia y muerte.

2) Reconocimiento de los errores.

Cuando David comete uno de los pecados más hondos y vergonzosos de su vida, por lujuria, recibe la visita del profeta Natán (característico de Dios en estos tiempos de profetas), quien a través de una parábola le hace ver su error y pecado (2 Samuel 1-4). David no respondió ante esto con ira hacia el profeta, con soberbia ni con terquedad. Por el contrario, su respuesta directa y clara, que parece simple pero que llevaba gran dolor, fue: “Pequé contra Dios” (2 Samuel 13). Y este reconocimiento de culpa, necesario en todo gobernante, derivó en la composición de uno de los salmos más amargos escritos por él, el salmo 51(50) que comienza así:

“Misericordia de mí, oh Dios, conforme a tu compasión; conforme a la multitud de tus tiernas misericordias, borra mis transgresiones. Lávame por completo de mi maldad y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis transgresiones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti sólo he pecado, y he hecho lo malo ante tus ojos…

3) Aceptación al ser corregido

De la mano de lo antes descrito, David aceptó siempre la corrección de Dios, es decir, David se pudo equivocar muchas veces, pero su vínculo con Dios le mantenía el corazón abierto al consejo, a corregir rumbos y a nunca descartar la fuente de la sabiduría misma.

El salmo 19 da luces de esto: “El temor de Dios es limpio, que permanece para siempre; Los juicios de Dios son verdad, todos justos. Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; Y dulces más que miel, y que la que destila del panal. Tu siervo es además amonestado con ellos. En guardarlos hay grande galardón. ¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos”.

4) Mansedumbre ante quienes se oponen a sus criterios

Un gobernante no está llamado a ser siempre amado, querido o a fingir un absoluto apoyo popular. David vivió esto en carne propia y supo responder con mansedumbre y nobleza, aceptando aquello como oblación por sus faltas. El pasaje lo narra el segundo libro de Samuel: “salió de allí un hombre de la familia de la casa de Saúl que se llamaba Simei, hijo de Gera. Cuando salió, iba maldiciendo, y tiraba piedras a David y a todos los siervos del rey David, aunque todo el pueblo y todos los hombres valientes estaban a su derecha y a su izquierda. Así decía Simei mientras maldecía: “¡Fuera, fuera, hombre sanguinario e indigno! El Señor ha hecho volver sobre ti toda la sangre derramada de la casa de Saúl, en cuyo lugar has reinado; el Señor ha entregado el reino en mano de tu hijo Absalón. Aquí estás prendido en tu propia maldad, porque eres hombre sanguinario.”(16, 5-8). Pudiendo David asesinar aquel hombre, apresarlo o silenciarlo a la fuerza, ante alguna de esas sugerencias, él solo dijo esto: “Déjenlo, que siga maldiciendo, porque el Señor se lo ha dicho. Quizá el Señor mire mi aflicción y me devuelva bien por su maldición de hoy.” (16, 11-12).

5) Oración Constante

David oraba en la gratitud, en la aflicción, en el triunfo y en la derrota. Porque sabía que todo en torno a él giraba según su Creador. Por eso, si un gobernante gobierna para Dios, Dios bendecirá a su pueblo y le dará sabiduría. Pero, ¿por qué la oración es tan importante?, leamos estas líneas del Salmo 120 y obtendremos la respuesta de David:

“Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.

Siempre se habla de que los gobernantes tienen sus consejeros, quienes en algunos casos son lo que verdaderamente ejercen el poder. Para David esta necesidad siempre tuvo oídos en los profetas, en la palabra de Dios y en su oración. Quizás no fue más sabio que Salomón pero sí fue un hombre fiel y profundamente justo, temeroso de Dios. Todo ello fruto de su constante alimento en la oración.

6) Jamás creerse perfectos o modelos de virtud

David gobernó por 40 años, pero sabía que todo lo bueno que había hecho no provenía de él, sino del Señor. Antes de su muerte dio un hermoso consejo a su sucesor, Salomón: “Estoy por morir, como es el destino que le espera a todo el mundo. Sé fuerte y pórtate como un hombre. Ahora, obedece cuidadosamente todos los mandamientos del Señor tu Dios, y cumple cuidadosamente todos sus decretos, mandatos, decisiones y principios. Obedece todo lo que está escrito en las enseñanzas de Moisés para que tengas éxito en todo lo que emprendas y por dondequiera que vayas. De esa manera el Señor cumplirá la promesa que me hizo: Si tus hijos sinceramente tienen cuidado de vivir como yo quiero, y si lo hacen de todo corazón y con toda el alma, entonces el rey de Israel siempre será un hombre de tu dinastía” (1 Reyes 2, 2-4)

Estas palabras están cargadas de mucha virtud porque aún muriendo como rey, con riquezas y poder, el consejo que le deja a su hijo, y que sería semilla de esa virtuosa petición de Salomón a futuro de solo pedirle a Dios sabiduría, es que siga en obediencia a su Señor.

Hoy somos amenazados por leyes que contradicen los decretos, mandatos y decisiones del Creador: El aborto, eutanasia, legalización de uniones homosexuales, la corrupción, la demagogia, la explotación de la pobreza para mantenerse en el poder, la avaricia por el poder, el narcotráfico amparado por gobernantes, etc. Para recobrar el rumbo de cara a Dios, la democracia necesita políticos de la talla de David, que aunque se equivoquen y pequen, doblen sus rodillas para pedir perdón y mantengan un vínculo de amor con su Creador y Salvador. Dios los bendiga, nos vemos en la oración.


Luis Tarrazzi. Artículo originalmente publicado en 
PildorasdeFe.net