Hoy se conmemora a Santa Inés de Montelpuciano, mística dominica…

Santa Inés de Montepulciano fue una de las figuras más importante de la Orden de Predicadores, siendo abadesa del famoso convento de monjas dominicas de Montepulciano, el cual dirigió hasta el día de su muerte.

Nació alrededor de 1274 en Gracciano (Italia) en el seno de una familia noble. Desde muy niña se dedicó a la oración y a la contemplación; y a la edad de 9, sus padres la confiaron a las religiosas del monasterio “del Sacco” en Montepulciano.

Prontamente se hizo conocida por sus sacrificios, observancia regular y una vida llena de virtudes.

Solo permaneció en su convento por 5 años y luego fue enviada junto a Sor Margarita, su maestra de noviciado, a erigir un monasterio de monjas dominicas en Proceno, una pequeña aldea de la diócesis de Acquapendente.

A los 18 años fue nombrada abadesa del convento de Proceno, lugar donde atendió con una profunda dedicación y humildad. Asimismo se le atribuyeron diversos milagros como la multiplicación de panes y aceite, curación de enfermos, y exorcismos.

A consecuencia de su buena fama obtenida, los religiosos de Montepulciano le pidieron que regrese a su pueblo natal para que fundara un nuevo monasterio. Sin embargo, ella decidió vivir en Proceno por 22 años más, hasta el día en que, por medio de un sueño, recibió una señal de Dios mismo para erigir un nuevo monasterio.

En poco tiempo obtuvo de la Santa Sede los permisos necesarios y estableció en 1298 el famoso convento de monjas dominicas de Montepulciano, el cual ella dirigió.

En ese tiempo las gracias de Santa Inés se multiplicaron en forma de éxtasis, milagros y mensajes divinos; y muchas almas se beneficiaron por su intercesión.

Santa Inés enfermó a la edad de 43 y falleció el 20 de abril de 1317. Se volvió popular después de su muerte en buena parte gracias a la biografía del Beato Raimundo de Capua. Fue devota suya Santa Catalina de Siena y fue canonizada por Benedicto XIII junto a Santo Toribio de Mogrovejo el 10 de diciembre de 1726.

Biografía

Cuando ella tenía 15 años, la superiora de aquella comunidad fue trasladada a fundar un convento en otra ciudad, y pidió que le dejaran llevar como principal colaboradora a Inés, porque era una joven de una extraordinaria responsabilidad en todo lo que hacía.

Y sucedió por aquellos tiempos que las gentes de Montepulciano dispusieron crear unas casas para religiosas. Pidieron que les fuera enviada como superiora del nuevo convento la joven Inés, cuya santidad ya era notoria en todos los alrededores. Ella siendo tan joven, aceptó el cargo porque confiaba en que Dios le iba a ayudar de maneras sorprendentes. Y así sucedió.

Estaba Inés pensando a qué comunidad religiosa debía ella confiar a las monjitas de su nuevo convento, cuando una noche en una visión se le aparecieron en el mar muchas barcas con distintos patronos, invitándola a navegar en ellas. Pero una barca tenía por piloto a Santo Domingo de Guzmán y este santo le decía: “Es voluntad de Dios que tú viajes en la barca de la Comunidad Dominicana”. Desde entonces se propuso afiliar a sus religiosas a la Comunidad de padres Dominicos. Y así ella llegará a ser una de las glorias de esta comunidad, y lo mismo lo será su gran devota, Santa Catalina de Siena.

Desde muy joven ayunaba casi todos los días y dormía en el duro suelo y tenía por almohada una piedra. Después la salud se le resintió y por orden del médico tuvo que suavizar esas mortificaciones. San Raimundo cuenta que Dios le permitía visiones celestiales, que un día logró ver cómo era Jesús cuando era Niño. Otra vez estando la despensa del convento desprovista y no habiendo alimentos para las monjas, ella rezó con fe y la despensa apareció llena de comestibles. La veían levantada por los aires mientras le llegaban los éxtasis de la oración. Un ángel se le apareció ofreciéndole un cáliz de amargura y le dijo: “Como Jesús, en esta tierra tendrás que beber el cáliz de la amargura, pero para la eternidad te espera la corona de gloria que nunca se marchita”.

Santa Catalina de Siena que fue a Montepulciano a visitar el cadáver de Santa Inés, el cual después de 30 años, todavía se encontraba incorrupto, profesaba una gran veneración a esta santa y en una carta que escribió a las religiosas de esa comunidad les dice: “Les recomiendo que sigan las enseñanzas de la hermana Inés y traten de imitar su santa vida, porque dio verdaderos ejemplos de caridad y humildad. Ella tenía en su corazón un gran fuego de caridad, regalado por el mismo Dios, y este fuego le producía un inmenso deseo de salvar almas y de santificarse por conseguir la salvación de muchos. Y después de la caridad lo que más admiraba en ella era su profunda humildad. Siempre oraba y se esforzaba por conservar y aumentar estas dos virtudes. Y lo que le ayudaba mucho a crecer en santidad era que se había despojado de todo deseo de poseer bienes materiales o de darle gusto a sus inclinaciones sensuales, y el dominar continuamente su amor propio. Su corazón estaba totalmente lleno de amor a Cristo Crucificado, y este amor echaba fuera los amores mundanos y los apegos indebidos a lo que es terrenal. Ella ofrecía en sacrificio a Dios su propia sensualidad. Para esta buena religiosa el mejor tesoro era Cristo crucificado, en quien meditaba siempre y a quien tanto amaba”. Hermoso relato redactado por una gran santa, acerca de otra santa también muy admirable.
San Raimundo cuenta que muchos testigos le declararon haber presenciado hechos milagrosos en la vida de Santa Inés.

Cuando estaba moribunda, oyó que sus religiosas lloraban y les dijo emocionada: “Si en verdad me aman, alégrense de que voy al Padre Dios a recibir su herencia eterna. No se afanen que desde la eternidad las encomendaré siempre”.

Murió en el mes de abril del año 1317 a la edad de 49 años, y en su sepulcro se han obrado muchos milagros.

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