"Jesús no reprende a los heridos, les da su misericordia" Papa Francisco…

papa-francisco-jesus-heridos-misericordia

¿Y tú quién eres, que cierras la puerta de tu corazón a un hombre, a una mujer, que tiene ganas de mejorar…?

(Ciudad del Vaticano, 18 de marzo de 2015) “¿Tú quién eres, que cierras la puerta de tu corazón a un hombre, a una mujer, que tiene ganas de mejorar, de volver al pueblo de Dios, porque el Espíritu Santo ha obrado en su corazón?”, fueron algunas de las palabras de reflexión que pronunció el Papa Francisco durante su homilía en la Misa celebrada en la Capilla de Santa Marta. A continuación las palabras del Santo Padre:

El agua que cura.

En la lectura el profeta Ezequiel (47, 1-9.12) habla, en efecto, del agua que brota del templo, un agua bendecida, el agua de Dios, abundante como la gracia de Dios: abundante siempre. El Señor, en efecto, es generoso al dar su amor, al sanar nuestras llagas.

El agua está presente también en el Evangelio de san Juan (5,1-16) donde se narra acerca de una piscina, «llamada en hebreo Betesda», caracterizada por cinco soportales, bajo los cuales estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. En ese sitio, en efecto, había una tradición según la cual de vez en cuando bajaba del cielo un ángel a mover las aguas, y los enfermos que se tiraban allí en ese momento quedaban curados.

La enfermedad de la acedia

Por ello, había tanta gente. Y, así, se encontraba también en ese sitio un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años. Estaba allí esperando, y a él Jesús le preguntó: «¿Quieres quedar sano?». El enfermo respondió: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua, cuando viene el ángel. Para cuando llego yo, otro se se me ha adelantado». Es decir, quien se presenta a Jesús es un hombre derrotado que había perdido la esperanza. Enfermo, pero no sólo paralítico: está enfermo de otra enfermedad muy mala, la acedia.

Es la acedia la que hacía que estuviese triste, que sea perezoso. Otra persona, en efecto, hubiese buscado el camino para llegar a tiempo, como el ciego en Jericó, que gritaba, gritaba, y querían hacerle callar y gritaba más fuerte: encontró el camino. Pero él, postrado por la enfermedad desde hacía treinta y ocho años, no tenía ganas de curarse, no tenía fuerza. Al mismo tiempo, tenía amargura en el alma: “Pero el otro llega antes que yo y a mí me dejan a un lado”. Y tenía también un poco de resentimiento. Era de verdad un alma triste, derrotada, derrotada por la vida.

¿Te has dado cuenta que estoy sano?

Jesús tiene misericordia de este hombre y lo invita: «Levántate. Levántate, acabemos esta historia; toma tu camilla y echa a andar». Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. Pero estaba tan enfermo que no lograba creer y tal vez caminaba un poco dudoso con su camilla sobre los hombros. A este punto entraron en juego otros personajes: Era sábado, ¿qué encontró ese hombre? A los doctores de la ley, quienes le preguntaron: ¿Por qué llevas esto? No se puede, hoy es sábado. Y el hombre responde: «¿Sabes? Estoy curado». Y añadió: El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla”.

Sucede, por lo tanto, un hecho extraño: esta gente en lugar de alegrarse, de decir: “¡Qué bien! ¡Felicidades!”, se pregunta: “¿Quién es este hombre?”. Los doctores comienzan una investigación y discuten: Veamos lo que sucedió aquí, pero la ley… Debemos custodiar la ley. El hombre, por su parte, sigue caminando con su camilla, pero un poco triste. Pienso mal, pero algunas veces pienso qué hubiese sucedido si este hombre hubiese dado un buen cheque a esos doctores. Hubiesen dicho: “Sigue adelante, sí, sí, por esta vez sigue adelante”.

Una invitación a la conversión, a dejar atrás la mala vida

Tenemos a Jesús que encuentra a este hombre más tarde y le dijo: “Mira, has quedado sano, pero no vuelvas atrás, es decir, no peques más, para que no te suceda algo peor. Sigue adelante, sigue caminando hacia adelante”. Y el hombre fue a los doctores de la ley para decir: “La persona, el hombre que me curó se llama Jesús. Es Aquel”. Y se lee: “Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado”. De nuevo: porque hacía el bien también el sábado, y no se podía hacer.

Esta historia se repite muchas veces en la vida: un hombre, una mujer, que se siente enfermo en el alma, triste, que cometió muchos errores en la vida, en un cierto momento percibe que las aguas se mueven, está el Espíritu Santo que mueve algo; u oye una palabra. Y reacciona: «Yo quisiera ir». Así, se arma de valor y va. Pero ese hombre cuántas veces hoy en las comunidades cristianas encuentra las puertas cerradas. Tal vez escucha que le dicen: «Tú no puedes, no, tú no puedes; tú te has equivocado aquí y no puedes. Si quieres venir, ven a la misa del domingo, pero quédate allí, no hagas nada más». Sucede de este modo que lo que hace el Espíritu Santo en el corazón de las personas, los cristianos con psicología de doctores de la ley lo destruyen.

Misericordia quiero, no sacrificios

Estoy disgustado por esto, porque la Iglesia es la casa de Jesús y Jesús acoge, pero no sólo acoge: va a al encuentro de la gente, así como fue a buscar a ese hombre. Y si la gente está herida, ¿qué hace Jesús?, ¿la reprende diciéndole: por qué está herida? No, va y la carga sobre los hombros. Esto se llama misericordia. Precisamente de esto habla Dios cuando reprende a su pueblo: “Misericordia quiero, no sacrificios”

Estamos en Cuaresma, tenemos que convertirnos. Alguien, dijo, podría reconocer: «Padre, hay tantos pecadores por la calle: los que roban, los que están en los campos nómadas…, por decir algo, y nosotros despreciamos a esta gente». Pero a este se le debe decir: «¿Y tú quién eres? ¿Y tú quién eres, que cierras la puerta de tu corazón a un hombre, a una mujer, que tiene ganas de mejorar, de volver al pueblo de Dios, porque el Espíritu Santo ha obrado en su corazón?».

Hoy hay cristianos que se comportan como los doctores de la ley y hacen lo mismo que habían hecho con Jesús, objetando: «Pero este, este dice una herejía, esto no se puede hacer, esto va contra la disciplina de la Iglesia, esto va contra la ley». Y así cierran las puertas a muchas personas. Por ello, pidamos hoy al Señor la conversión a la misericordia de Jesús, sólo así, la ley estará plenamente cumplida, porque la ley es amar a Dios y al prójimo, como a nosotros mismos.

– Papa Francisco
Homilía en Santa Marta, Ciudad del Vaticano, 17 de marzo de 2015


PildorasdeFe.net
Con información de L´Osservatore Romano
http://www.osservatoreromano.va/es