¿Qué debes hacer si temes ser rechazado por los otros al compartir tu fe?…

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Es normal querer ser aceptado y respetado, pero se requiere un sacrificio de nuestra parte: amar más a Cristo que a la opinión pública…

A través de los años, he tenido muchas conversaciones con conocidos, amigos y profesionales acerca del tema de compartir abiertamente nuestra fe Católica.  Siempre me sorprende cuán a menudo muchos de ellos expresan una fuerte resistencia a ser abiertos en cuanto a sus creencias. Las razones dadas incluyen, “No quiero ofender a nadie”, “No podemos hacer eso en el trabajo”, “No me gusta comentarlo fuera de mi parroquia”.  Alguna vez hemos hecho un alto y reflexionado en: ¿Cuán a menudo nuestras acciones públicas y pensamientos están siendo influenciados por lo que otros puedan pensar acerca de nuestra fe católica?

Me pregunto, ¿Cuántas veces al día perdemos oportunidades de defender a Cristo o compartir nuestra fe? ¿Es el tipo de conversación que evitamos con un compañero de trabajo problemático? ¿Enfrentamos a alguien que ataca a la Iglesia? ¿Qué hay de la persona curiosa acerca de la fe católica que solo está esperando una invitación para ir a misa con nosotros?

Con mucha frecuencia, la preocupación injustificada a cerca de las opiniones de los que nos rodean impide que asumamos nuestras responsabilidades como católicos. Sin embargo, es más claro que el agua que Jesús espera que compartamos abiertamente nuestra fe y seamos sus testigos fieles, como lo leemos en el Evangelio según San Mateo 10,32-33:

“Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres”.

Jesucristo no se preocupó por tener el respeto ajeno

Jesucristo siempre enseñó la verdad sin importar la audiencia y es nuestro gran ejemplo de cómo no inquietarnos acerca del respeto ajeno. Sus enemigos reconocían esta faceta de la enseñanza de Jesucristo en Mateo 22,16:

“Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie”.

Francisco Fernández, autor de “Hablar con Dios”, hace una muy pertinente observación (acerca de compartir la verdad independientemente de las repercusiones):

“Cristo les pide a sus discípulos imitarlo en esta práctica. Los cristianos deben fomentar y defender su buen ganado prestigio profesional, moral y social, ya que esto pertenece a la esencia misma del ser humano.  Este prestigio es también un componente importante de nuestro apostolado personal. Sin embargo, no podemos olvidar que nuestra conducta se encontrará con la oposición de aquellos a los que abiertamente se oponen a la moralidad cristiana y de los que practican una versión tibia de la fe.  Es posible que el Señor nos pida sacrifiquemos nuestro buen nombre e inclusive hasta la vida misma. Con la ayuda de su gracia, nos esforzaremos en cumplir su voluntad. Todo lo que poseemos le pertenece al Señor”. (Hablar con Dios, vol. 4, págs. 267-268, sección 44.1)

Me siento profundamente cuestionado por las palabras del párrafo anterior, pero sé que todos estamos llamados a tener coraje y hacer sacrificios en Su nombre. Si tuviéramos fe y confianza en Cristo recibiríamos la gracia que necesitamos. También comprendo que nuestro comportamiento debe ser un claro ejemplo de fuerza en nuestra fe para los otros. Muchos de los no creyentes o de los cristianos tibios tal vez sean movidos a una fe más profunda al ser testigos de nuestro buen y sincero ejemplo.

Ya sea usted una persona de negocios, en transición de carrera, ama de casa, estudiante o adulto mayor, lo más probable es que ha enfrentado las dificultades de preocuparse acerca de lo que los demás piensan de usted. Esta es una tendencia natural del ser humano que nos afecta a todos por igual. Todos queremos ser aceptados, respetados y comprendidos. Pero, aquí está la cuestión: No podemos separar nuestro ser espiritual de nuestro ser físico. La fe que profesamos es parte de quién somos y no puede ser escondida.

“El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época.  El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación”. (Gaudium et Spes, Consilio Vaticano II, 43).

¿Cómo superar lo que otras personas piensen sobre nosotros al compartir la fe?

¿Estamos todos de acuerdo en que ser católicos sigilosos no es la respuesta? A continuación, hay cinco reflexiones acerca de cómo superar nuestros temores acerca de lo que otras personas pueden pensar de nosotros cuando compartimos nuestra fe públicamente.

1. ¿Existe realmente una política al respecto en el lugar de trabajo?

He escuchado muchas veces que expresar nuestra fe en el lugar de trabajo es contra la política de la compañía. ¿Alguna vez hemos visto políticas escritas dirigidas a hacer la señal de la cruz y de hacer oración durante las comidas, orar tranquilamente en tu puesto de trabajo, ir a misa durante el almuerzo o llevar las cenizas en nuestras frentes durante los miércoles de ceniza? Sé que puede haber excepciones, pero voy a desafiar a cada uno de nosotros a considerar la posibilidad de que mucho de nuestro temor está basado en falsas percepciones de una posible persecución y no en la realidad.

2. “Predique el Evangelio en todo momento y, si es necesario, use las palabras”.

Reflexionemos en estas palabras de sabiduría atribuidas a San Francisco de Asís.  Raramente se nos ocurre pensar acerca de nuestros propios caminos de fe, el ejemplo que le damos a los demás y que el regocijo inspirado en Cristo debemos transmitirlo como la forma más efectiva de compartir nuestra fe. Dejar a los otros ver a Jesucristo trabajando en nosotros es una poderosa forma de dar testimonio y atraerá a los que también quieren tenerlo en sus vidas.   

3. Debemos compartir primero (la transparencia invita a la transparencia).

¿Por qué no ser el primero en romper el hielo y hacer referencia a nuestra familia, los desafíos que estamos enfrentando, planes vacacionales, el libro que estamos leyendo actualmente, etc.? Comienza por compartir las pequeñas cosas, alienta la reciprocidad haciendo preguntas, así es fácil encontrar oportunidades para compartir nuestra fe. Reza para que el Espíritu Santo provea oportunidades para este compartir.

Al comer el almuerzo con los demás, siempre he descubierto que decir una plegaria y hacer la señal de la cruz es un excelente catalizador para iniciar una conversación concerniente a la fe. He observado innumerables veces a través de los años conversaciones precavidas en las cuales los individuos actúan con cautela y de forma políticamente correcta. Avancemos más allá de las conversaciones banales y seguras y en cambio seamos valientes y transparentes. Si realmente amamos a Cristo y a su Iglesia, debemos dejar que ese regocijo inspirado en el amor sea conocido por todos.

4. Alcanzar el cielo vs. ser popular.

El cielo es nuestro destino final. ¿Nuestros críticos nos ayudaran a llegar allí? ¿Estarán ellos con nosotros durante los tiempos difíciles? No, ellos nos arrastraran a un estilo de vida no religioso que tiene muy poco espacio para Dios y en donde el materialismo y la fama son los ídolos de moda de hoy. Francisco Fernández escribió que parte de la virtud de fortaleza es conquistar el respeto humano. Él describe los retos que el cristiano debe soportar como:

“…rumores y calumnias, burla, discriminación en el trabajo, pérdida de oportunidades económicas o amistades superficiales. En estas situaciones incómodas puede ser tentador tomar la vía fácil y ceder. Por esos medios podemos evitar el rechazo, burlas y malentendidos.  Nos puede preocupar el pensamiento de perder amigos, cerrarnos puertas que tal vez nunca puedan ser reabiertas. Esa es la tentación de ser influenciado por el respeto humano, perder la identidad propia y abandonar nuestro compromiso de vivir como discípulos de Cristo”. (Hablar con Dios, volumen 4, pág. 269, sección 44.2)

5. Buscar constantemente una vida católica integral.

¿Llevamos nuestra fe con nosotros al trabajo, a cenar con nuestros amigos, a los juegos de futbol de los niños y a las reuniones con los vecinos en la piscina? o ¿solamente somos practicantes de la fe católica los domingos en Misa? Es fácil someterse a las expectativas de los no creyentes, pero es difícil demostrar públicamente nuestro amor por Jesús, vivir de acuerdo a las bienaventuranzas, evangelizar y llevar una vida católica integral. Siempre he encontrado inspiración acerca de este tema en la sabiduría de la exhortación apostólica Christifideles Laici del Papa San Juan Pablo II:

La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia: ciertamente debe ser santificada diariamente en la vida profesional y social. Sin embargo, en respuesta a su vocación, los fieles laicos deben ver sus actividades diarias como una ocasión para reunirse con Dios, cumplir su voluntad, servir a otras personas y guiarlos a que estén en comunión con Dios en Cristo.

No estás solo: Recurre al Espíritu Santo

Debemos orar por la guía del Santo Espíritu porque no podemos hacer esto solos. En mi experiencia propia esto es una labor cotidiana y no es para nada fácil. Debemos reconocer que existen personas que buscan nuestro ejemplo, que quieren aprender de nosotros y ser inspirados por nuestro coraje, si solo estuviéramos dispuestos a adoptar una postura en favor de Cristo. Debemos meditar acerca de lo afortunados que somos de vivir en un país cristiano, a pesar de que nuestras libertades religiosas están siendo cada vez más atacadas. Combatir y permanecer firme en defensa de nuestra fe y libertad religiosa es parte de nuestro deber y llamado. En la iglesia antigua, ser abiertamente cristiano era riesgo de morir como mártir.  Es sensato mencionar que los cristianos están siendo perseguidos y asesinados en el Medio Oriente al momento que lees este mensaje. ¿Estamos preparados para ser los mártires del mañana y pelear por nuestra fe?

Aunque suene difícil, se requiere un sacrificio de nuestra parte. El sacrificio es simplemente amar más a Cristo que a la opinión pública. Espero podamos comprender lo poco que se nos pide en comparación de lo que Jesús soportó por nosotros en la cruz. Como expuse anteriormente, es normal el deseo de ser aceptado, respetado y popular. En ocasiones, como muchos de ustedes, lucho con esto. A pesar de eso, oremos por cada uno de nosotros y continuemos pidiéndole a Jesús: coraje, fuerza y discernimiento para conocerlo y seguir su voluntad y que no nos importe lo que los demás piensen de nosotros.

Adaptación y traducción por Ana Mercedes Salazar para PildorasdeFe.net, del artículo publicado en: Integrated Catholic Life, autor: Randy Hain