¿Quieres sanar heridas en el Matrimonio? Pide perdón y perdona…

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Has perdonado cuando eres capaz de bendecir el incidente. Es en la bendición que el dolor se convierte en un regalo…

En nuestro aniversario de 25 años de casados, Neil y yo celebramos con nuestra comunidad en misa. Por casualidad el Evangelio del día fue la parábola del hijo pródigo, pero probablemente no fue por casualidad. Esta historia es aplicada normalmente a padres e hijos, pero mientras escuchaba, oí el viaje de nuestro matrimonio en ella.

Observando el camino

Recuerdo a uno de nuestros hijos diciendo que el Padre no sólo pasó ese día en la colina, sino que salía todo los días a mirar el camino, esperando perdonar.

En muchas formas esto es lo que sucede en mi matrimonio. Nos convertimos en observadores del camino. El matrimonio involucra esperar, algunas veces a través de la distancia física o emocional, otras a través de profundas heridas, y nos llama a pedir y ofrecer perdón. El matrimonio nos pide que no tomemos el perdón por sentado, pero que lo celebremos cuando suceda. El amor demanda que nos quedemos junto al camino cada día velando el uno por el otro, dándonos la bienvenida mutuamente a casa.

La reconciliación cuesta

Durante esa misa, escuché al Padre Rich hablar sobre el perdón en el Evangelio, y me di cuenta que estar casada con Neil me ha enseñado a permanecer en un lugar de perdón. De hecho, la reconciliación es el trabajo más difícil de los primeros años de matrimonio, y si la pareja lo hace bien, se convierte en el trabajo y el regalo de toda una vida.

Una de las gracias presentes en el sacramento del matrimonio es la gracia de sanar y perdonar. Cuando nos casamos cada uno de nosotros trae consigo una historia a nuestra vida juntos, ya sea que estemos sanados o rotos, que se reflejo o que lo reprimamos. Nuestra vocación es ayudarnos mutuamente a convertirnos en humanos completos. Esto significa encontrar una manera de compartir nuestros sufrimientos, arriesgándonos a que la otra persona nos conozca tan íntimamente que estamos dispuestos a abrir viejas heridas y permitir que Dios las cure a través del otro.

El matrimonio en su mejor momento crea un espacio seguro donde la sanación y el perdón pueden tomar lugar. Ofreciendo la posibilidad de tener un compañero de viaje, alguien que nos ayudará a cavar un poco más profundo, para reflexionar de manera más completa.

La mejor parte de ser perdonado es la libertad que trae consigo. Jesús nos enseñó a pedir por perdón cuando nos enseñó a rezar. “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, invita a Dios a perdonarnos así como nosotros perdonamos.

Otra manera de mirarlo es decir que desata las cuerdas que nos atan, así como hemos soltamos también las cuerdas que sostenemos de la culpa de otros. En el matrimonio nos podemos sostener el uno al otro rápidamente, o podemos liberarnos entre sí para así crecer hacia la plenitud. Siempre es una opción.

Las heridas de la infancia

Durante el comienzo de nuestro matrimonio, Neil y yo no sabíamos como liberarnos el uno al otro. Ambos crecimos en hogares donde los sentimientos no eran compartidos, y donde la reconciliación era difícil. En mi hogar no era seguro expresar ira, en el de Neil el desacuerdo podía conducir al alejamiento. Debido a que trajimos estas heridas a nuestro matrimonio, éramos incapaces de tener un conflicto sano y movernos hacia la reconciliación. La alegría que encontrábamos el uno en el otro se transformó en distancia, y vivir juntos se volvió tenso. Quería dejarlo, pero estaba demasiado asustada, así que elegí las peleas, hacía rabietas y en general hice la vida de Neil miserable. Una noche le pregunté, “¿Por qué sigues con esto?, ¿Por qué no solo te vas?”, Neil tomó mis brazos y dijo, “¿No sabes qué vale la pena esperar por ti?”.

No lo sabía. Nunca pensé que yo valía todo eso. Pero Neil me hizo pensarlo y en algún lugar en mi interior sentí esperanza. Y la esperanza, una vez que dejamos ir las cuerdas, crecerá. Neil me dio y me regaló perdón con sus palabras, y con ese regalo pude comenzar a perdonarme a mí misma. Y es un regalo que me sigue dando.

Cuando nuestro segundo hijo pasaba por un momento difícil durante su adolescencia, me gritó una vez, “¿Por qué papá y tú siguen conmigo?, ¿Por qué no me echan?”, me escuché a mi misma en esas palabras, y escuché a Neil en mi respuesta, “¿No sabes que vale la pena esperar por ti?”, el regalo había completado el círculo.

Cuando somos perdonados y sanamos, somos capaces de ver nuestro verdadero ser, de amar a Dios, y por eso podemos compartirlo.

Gracias a las cosas que Neil y yo encontramos en nuestro camino juntos, he aprendido a perdonarme a mí misma, a mis padres, eventos incontrolados, Dios, nuestros hijos y a Neil.

Una de mis amigas me dijo que el concepto de “perdonar y olvidar” no proviene de la caballerosidad, sino de las Escrituras, y describió el perdón de esta manera:

“Sabes que has perdonado cuando puedes recordar el incidente pero no revivir las emociones.”

Yo añadiré una pieza más a su definición: Has perdonado cuando eres capaz de bendecir el incidente. Es fácil bendecir las cosas buenas de la vida, pero cuando soy capaz de recordar las veces que he estado lastimada y puedo ver la bendición que vino de eso, sé que he sido sanada. Es en la bendición que el dolor se convierte en un regalo


Traducción al español de Quiannette H. Quero, para PildorasdeFe.net del artículo publicado originalmente en foryourmarriage.org