Una súplica a la conversión en medio de un mundo en crisis y de terror…

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Dios permite que hayan tiempos de sufrimientos comúnmente para hacer escarmentar a las personas que ama, aunque Él no es la causa del mal…

Nota: Este artículo apareció en “CE and the Catholic Gentleman” el 15 de Noviembre, 2015. Lo ofrecemos en vista de las tragedias que han ocurrido en el mundo. Oramos por todos aquellos que han perdido un ser querido este año y esperamos que ustedes se nos unan en oración por el mundo, las víctimas de violencia y la paz entre hermanos.

Pareciera que el mundo se está cayendo en pedazos. Cada día trae consigo noticias de guerra, violencia y devastación. Protestas, disturbios, bombardeos, decapitaciones, violaciones, raptos, persecuciones, asesinatos – la lista continúa. Hace algún tiempo, otro atentado ocurrió en París, y recientemente, uno de los más devastadores en el mundo Occidental ocurrió en Estados Unidos, y tenemos el mal presentimiento de que no será el último acto de terror que vaya a suceder.

El peso de dichas tragedias cae pesadamente sobre nosotros. Es difícil no sentirse abatido cuando se observa al mal devorando todo lo que nos es preciado como si fuese una tormenta, vemos rayos y oscuridad sobrecogiendo todo. No me sorprende así, que tanta gente en el mundo esté tomando anti-depresivos o estén bajo tratamiento por ansiedad.

¿Qué debemos hacer entonces? ¿Cómo debemos responder?

Voy a dejarle la muy difícil responsabilidad de una respuesta pública a aquellos más sabios que yo. Pero, enfrentándome a un mundo herido y sangrante, un mundo que agoniza en el aspecto moral, social y espiritual, quiero elevar un llamado a una verdadera y personal conversión, un llamado al arrepentimiento sincero.

¿Qué debemos hacer? Debemos ponernos de rodillas y llorar con las palabras del Salmista:

“Miserere nostri, Domine, miserere nostri…” (Ten misericordia de nosotros, Oh Señor, ten misericordia de nosotros)

Debemos abandonar nuestros pecados y volver a Dios, ese Dios que ama a la humanidad y que está lleno de misericordia y perdón.

A quien el Señor ama, le hace escarmentar

A lo largo de las Escrituras y la estadía terrenal de la Iglesia, es innegable que Dios permite que hayan tiempos de grandes sufrimientos comúnmente para hacer escarmentar a las personas que ama. Aunque Dios no es nunca la causa del mal (nosotros lo somos, a través de nuestros pecados y desobediencia), Él lo permite como un remedio para guiar de regreso hacia Él a las personas que lo han olvidado. Y ciertamente lo hemos olvidado.

Ya desde hace décadas, incluso pueden ser siglos, el hombre moderno ha estado intentando tirar el yugo de la autoridad de Cristo. Lo hemos ido excluyendo sistemáticamente del escenario público, de nuestras escuelas, nuestras familias, e incluso, trágicamente, de nuestra iglesia. Hemos reemplazado este Señor crucificado con un verdadero anti-Cristo – un Jesús que hemos inventado nosotros mismos, uno que no pide nada de nosotros, que no demanda obediencia ni conversión, sino que nos hace sentir cómodos con nuestros pecados.

Dios permite calamidades para nuestro bien

Enfrentado con gente que ha endurecido sus corazones y que han rechazados sus suaves reglas, nuestro Señor nos permite encarar las consecuencias de nuestra rebelión hacia Él. Dicho de otra manera, nuestro Señor permite esta calamidad por nuestro bien y, ultimadamente, porque nos ama. Como San Pablo nos dice en su Carta a los Hebreos:

“Hijo, no te pongas triste porque el Señor te corrige, no te desanimes cuando te reprenda; pues el Señor corrige al que ama y castiga al que recibe como hijo. Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos.” (Hebreos 12,5-8)

Conviértanse

Aunque el mundo sufra de convulsiones por esta gran crisis, no debemos perder las esperanzas ni dudar. Por el contrario, debemos regresar a nuestro Padre que nos ama, llenos de arrepentimiento por nuestros pecados y con un corazón dócil a Su voluntad, sin importar el costo. En las palabras de San Pedro, nuestro primer Papa:

“Arrepiéntase entonces, y conviértanse, que sus pecados les sean borrados, que broten nuevos tiempos de la presencia del Señor”.

¿Te has alejado de Dios?: Conviértete con un corazón sincero y confiesa tus pecados. Escuchas las palabras de absolución y vete en paz.

¿Has estado recibiendo a tu Señor Eucarístico con un corazón frío y carente de amor?: Medita en la bondad de Jesús hacia ti, su desprendimiento de sí mismo en la cruz para salvarte, y remueve las impurezas de tu corazón.

¿Has fallado en orar, en sentir esa añoranza por Dios?: Tómate un tiempo intencionado para el Señor. Dale lo mejor de tu día, levántate temprano si es necesario para acercarte a Él.

¿Te has enamorado de las comodidades y de las cosas del mundo, llenándote de materialismo y mundanidad?: Abandona esa búsqueda vana y regresa a tu Salvador.

¿Te has visto esclavizado por la lujuria y el hedonismo?: Rechaza esas mentiras vacías del demonio y busca el amor que dura para siempre.

¿Han ahogado las preocupaciones de este mundo la vida de Dios en tu alma?: Recuerda la única cosa necesaria – el amor de Dios de quien vienen todas las cosas.

En resumen, renueva tus promesas bautismales en las cuales prometiste servir a Cristo el Rey y serle fiel hasta la muerte. No esperes más. Contesta el llamado de tu confirmación y lucha por el Señor que te ama. Conviértete, deja este mundo quebrantado y ve hacia nuestro Señor y su clementísima Madre, cuya compasión infinita no rechaza a nadie y de quien puedes encontrar verdadera sanación. Sacude la frialdad de tu corazón y la apatía que tan fácilmente se asientan, y nuevamente decide determinadamente y con fervor seguir a Cristo con todo tu corazón.

Ten esperanzas

Finalmente, nunca pierdas las esperanzas, pues la misericordia del Señor es infinita y nos ha prometido que la Mujer, nuestra Madre Inmaculada María, aplastaría la cabeza de la serpiente y sellaría la victoria eterna de nuestro Señor. Cuando las dudas empiecen a florecer en ti, cuando te sientas tentado a la desesperación tanto por tus pecados como por los pecados del mundo, recuerda las palabras del profeta Jeremías:

“El amor de Yahvé no se ha acabado, ni se han agotado sus misericordias; se renuevan cada mañana. Sí, tu fidelidad es grande. Dice mi alma: «Yahvé es mi parte, por eso en él esperaré»”. (Lamentaciones 3,22-24)

Cuando sientas las palpitaciones del miedo y la ansiedad acechándote, recuerda también las palabras de San Pablo, un hombre que conoció el significado del sufrimiento:

“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Acaso las pruebas, la aflicción, la persecución, el hambre, la falta de todo, los peligros o la espada? Como dice la Escritura: Por tu causa nos arrastran continuamente a la muerte, nos tratan como ovejas destinadas al matadero. Pero no; en todo eso saldremos triunfadores gracias a Aquel que nos amó. Yo sé que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni las fuerzas del universo, ni el presente ni el futuro, ni las fuerzas espirituales, ya sean del cielo o de los abismos, ni ninguna otra criatura podrán apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor. (Romanos 8,35-39)

Nuestra Señora de los Dolores, ruega por nosotros.

Sagrado Corazón de Jesús, ten misericordia de nosotros.


Adaptación y traducción al español por María Vanegas, para PildorasdeFe.net, de artículo publicado en: Catholic Exchanged, autor: Sam Guzman