VIDEO: Hoy es la fiesta de la Presentación del Señor…

REDACCIÓN CENTRAL, 02 Feb. 18 / 12:02 am (ACI).- Cada 2 de febrero la Iglesia Universal celebra la Fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, donde se realiza el encuentro con Simeón y Ana, que se entiende como el encuentro del Señor con su pueblo, y además se realiza la purificación ritual de la Virgen María.

En esa época cuando nacía el primogénito era llevado a los cuarenta días al Templo para su presentación, así como lo describe la Ley de Moisés, por eso desde el 25 de diciembre que se celebra el nacimiento del Verbo encarnado al 2 de febrero, José y María cumplieron con llevarlo a consagrar.

Al llegar al Templo, se encuentran con Simeón, a quien el Espíritu Santo prometió que no moriría sin antes ver al Salvador del mundo, y fue el mismo Espíritu quien le dijo al profeta que ese pequeño niño era el Redentor y Salvador de la humanidad.

También en este día se encontraba en el Templo la hija de Fanuel de la Tribu de Aser, de nombre Ana, de edad muy avanzada; Ana enviudó a los 7 años de haberse casado y permaneció así hasta los 84 años, y paraba día y noche en el Templo sirviendo a Dios y ofrecía ayunos y oraciones. Ana al ver al niño alababa a  Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

La Presentación del Señor

Aunque esta fiesta del 2 de febrero cae fuera del tiempo de navidad, es una parte integrante del relato de navidad. Es una chispa de fuego de navidad, es una epifanía del día cuadragésimo. Navidad, epifanía, presentación del Señor son tres paneles de un tríptico litúrgico.

Es una fiesta antiquísima de origen oriental. La Iglesia de Jerusalén la celebraba ya en el siglo IV. Se celebraba allí a los cuarenta días de la fiesta de la epifanía, el 14 de febrero. La peregrina Eteria, que cuenta esto en su famoso diario, añade el interesante comentario de que se “celebraba con el mayor gozo, como si fuera la pascua misma”‘. Desde Jerusalén, la fiesta se propagó a otras iglesias de Oriente y de Occidente. En el siglo VII, si no antes, había sido introducida en Roma. Se asoció con esta fiesta una procesión de las candelas. La Iglesia romana celebraba la fiesta cuarenta días después de navidad.

Entre las iglesias orientales se conocía esta fiesta como “La fiesta del Encuentro” (en griego, Hypapante), nombre muy significativo y expresivo, que destaca un aspecto fundamental de la fiesta: el encuentro del Ungido de Dios con su pueblo. San Lucas narra el hecho en el capítulo 2 de su evangelio. Obedeciendo a la ley mosaica, los padres de Jesús llevaron a su hijo al templo cuarenta días después de su nacimiento para presentarlo al Señor y hacer una ofrenda por él.

Esta fiesta comenzó a ser conocida en Occidente, desde el siglo X, con el nombre de Purificación de la bienaventurada virgen María. Fue incluida entre las fiestas de Nuestra Señora. Pero esto no era del todo correcto, ya que la Iglesia celebra en este día, esencialmente, un misterio de nuestro Señor. En el calendario romano, revisado en 1969, se cambió el nombre por el de “La Presentación del Señor”. Esta es una indicación más verdadera de la naturaleza y del objeto de la fiesta. Sin embargo, ello no quiere decir que infravaloremos el papel importantísimo de María en los acontecimientos que celebramos. Los misterios de Cristo y de su madre están estrechamente ligados, de manera que nos encontramos aquí con una especie de celebración dual, una fiesta de Cristo y de María.

La bendición de las candelas antes de la misa y la procesión con las velas encendidas son rasgos chocantes de la celebración actual. El misal romano ha mantenido estas costumbres, ofreciendo dos formas alternativas de procesión. Es adecuado que, en este día, al escuchar el cántico de Simeón en el evangelio (Lc 2,22-40), aclamemos a Cristo como “luz para iluminar a las naciones y para dar gloria a tu pueblo, Israel”

La cooperación de la mujer en el misterio de la Redención

1. Las palabras del anciano Simeón, anunciando a María su participación en la misión salvífica del Mesías, ponen de manifiesto el papel de la mujer en el misterio de la redención.

En efecto, María no es sólo una persona individual; también es la “hija de Sión”, la mujer nueva que, al lado del Redentor, comparte su pasión y engendra en el Espíritu a los hijos de Dios. Esa realidad se expresa mediante la imagen popular de las “siete espadas” que atraviesan el corazón de María. Esa representación pone de relieve el profundo vínculo que existe entre la madre, que se identifica con la hija de Sión y con la Iglesia, y el destino de dolor del Verbo encarnado.

Al entregar a su Hijo, recibido poco antes de Dios, para consagrarlo a su misión de salvación, María se entrega también a sí misma a esa misión. Se trata de un gesto de participación interior, que no es sólo fruto del natural afecto materno, sino que sobre todo expresa el consentimiento de la mujer nueva a la obra redentora de Cristo.

2. En su intervención, Simeón señala la finalidad del sacrificio de Jesús y del sufrimiento de María: se harán “a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazón” (Lc 2, 35).

Jesús, “signo de contradicción” (Lc 2, 34), que implica a su madre en su sufrimiento, llevará a los hombres a tomar posición con respecto a él, invitándolos a una decisión fundamental. En efecto, “está puesto para caída y elevación de muchos en Israel” (Lc 2, 34).

Así pues, María está unida a su Hijo divino en la “contradicción”, con vistas a la obra de la salvación. Ciertamente, existe el peligro de caída para quien no acoge a Cristo, pero un efecto maravilloso de la redención es la elevación de muchos. Este mero anuncio enciende gran esperanza en los corazones a los que ya testimonia el fruto del sacrificio.

Al poner bajo la mirada de la Virgen estas perspectivas de la salvación antes de la ofrenda ritual, Simeón parece sugerir a María que realice ese gesto para contribuir al rescate de la humanidad. De hecho, no habla con José ni de José: sus palabras se dirigen a María, a quien asocia al destino de su Hijo.

3. La prioridad cronológica del gesto de María no oscurece el primado de Jesús. El concilio Vaticano II, al definir el papel de María en la economía de la salvación, recuerda que ella “se entregó totalmente a sí misma (…) a la persona y a la obra de su Hijo. Con él y en dependencia de él, se puso (…) al servicio del misterio de la redención” (Lumen gentium, 56).

En la presentación de Jesús en el templo, María se pone al servicio del misterio de la Redención con Cristo y en dependencia de él: en efecto, Jesús, el protagonista de la salvación, es quien debe ser rescatado mediante la ofrenda ritual. María está unida al sacrificio de su Hijo por la espada que le atravesará el alma.

El primado de Cristo no anula, sino que sostiene y exige el papel propio e insustituible de la mujer. Implicando a su madre en su sacrificio, Cristo quiere revelar las profundas raíces humanas del mismo y mostrar una anticipación del ofrecimiento sacerdotal de la cruz.

La intención divina de solicitar la cooperación específica de la mujer en la obra redentora se manifiesta en el hecho de que la profecía de Simeón se dirige sólo a María, a pesar de que también José participa en el rito de la ofrenda.

4. La conclusión del episodio de la presentación de Jesús en el templo parece confirmar el significado y el valor de la presencia femenina en la economía de la salvación. El encuentro con una mujer, Ana, concluye esos momentos singulares, en los que el Antiguo Testamento casi se entrega al Nuevo.

Al igual que Simeón, esta mujer no es una persona socialmente importante en el pueblo elegido, pero su vida parece poseer gran valor a los ojos de Dios. San Lucas la llama “profetisa”, probablemente porque era consultada por muchos a causa de su don de discernimiento y por la vida santa que llevaba bajo la inspiración del Espíritu del Señor.

Ana era de edad avanzada, pues tenía ochenta y cuatro años y era viuda desde hacía mucho tiempo. Consagrada totalmente a Dios, “no se apartaba del templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones” (Lc 2, 37). Por eso, representa a todos los que, habiendo vivido intensamente la espera del Mesías, son capaces de acoger el cumplimiento de la Promesa con gran júbilo. El evangelista refiere que, “como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios” (Lc 2, 38).

Viviendo de forma habitual en el templo, pudo, tal vez con mayor facilidad que Simeón, encontrar a Jesús en el ocaso de una existencia dedicada al Señor y enriquecida por la escucha de la Palabra y por la oración.

En el alba de la Redención, podemos ver en la profetisa Ana a todas las mujeres que, con la santidad de su vida y con su actitud de oración, están dispuestas a acoger la presencia de Cristo y a alabar diariamente a Dios por las maravillas que realiza su eterna misericordia.

5. Simeón y Ana, escogidos para el encuentro con el Niño, viven intensamente ese don divino, comparten con María y José la alegría de la presencia de Jesús y la difunden en su ambiente. De forma especial, Ana demuestra un celo magnífico al hablar de Jesús, testimoniando así su fe sencilla y generosa, una fe que prepara a otros a acoger al Mesías en su vida.

La expresión de Lucas: “Hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén” (Lc 2, 38), parece acreditarla como símbolo de las mujeres que, dedicándose a la difusión del Evangelio, suscitan y alimentan esperanzas de salvación.

Catequesis del S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles
8 de enero de 1997

Significado de la Fiesta

La fiesta de la Presentación celebra una llegada y un encuentro; la llegada del anhelado Salvador, núcleo de la vida religiosa del pueblo, y la bienvenida concedida a él por dos representantes dignos de la raza elegida, Simeón y Ana. Por su provecta edad, estos dos personajes simbolizan los siglos de espera y de anhelo ferviente de los hombres y mujeres devotos de la antigua alianza. En realidad, ellos representan la esperanza y el anhelo de la raza humana.

Al revivir este misterio en la fe, la Iglesia da de nuevo la bienvenida a Cristo. Ese es el verdadero sentido de la fiesta. Es la “Fiesta del Encuentro”, el encuentro de Cristo y su Iglesia. Esto vale para cualquier celebración litúrgica, pero especialmente para esta fiesta. La liturgia nos invita a dar la bienvenida a Cristo y a su madre, como lo hizo su propio pueblo de antaño: “Oh Sión, adorna tu cámara nupcial y da la bienvenida a Cristo el Rey; abraza a María, porque ella es la verdadera puerta del cielo y te trae al glorioso Rey de la luz nueva”.

Al dramatizar de esta manera el recuerdo de este encuentro de Cristo con Simeón, la Iglesia nos pide que profesemos públicamente nuestra fe en la Luz del mundo, luz de revelación para todo pueblo y persona.

En la bellísima introducción a la bendición de las candelas y a la procesión, el celebrante recuerda cómo Simeón y Ana, guiados por el Espíritu, vinieron al templo y reconocieron a Cristo como su Señor. Y concluye con la siguiente invitación: “Unidos por el Espíritu, vayamos ahora a la casa de Dios a dar la bienvenida a Cristo, el Señor. Le reconoceremos allí en la fracción del pan hasta que venga de nuevo en gloria”.

Se alude claramente al encuentro sacramental, al que la procesión sirve de preludio. Respondemos a la invitación: “Vayamos en paz al encuentro del Señor”; y sabemos que este encuentro tendrá lugar en la eucaristía, en la palabra y en el sacramento. Entramos en contacto con Cristo a través de la liturgia; por ella tenemos también acceso a su gracia. San Ambrosio escribe de este encuentro sacramental en una página insuperable: “Te me has revelado cara a cara, oh Cristo. Te encuentro en tus sacramentos”.

Función de María. La fiesta de la presentación es, como hemos dicho, una fiesta de Cristo antes que cualquier otra cosa. Es un misterio de salvación. El nombre “presentación” tiene un contenido muy rico. Habla de ofrecimiento, sacrificio. Recuerda la autooblación inicial de Cristo, palabra encarnada, cuando entró en el mundo: “Heme aquí que vengo a hacer tu voluntad”. Apunta a la vida de sacrificio y a la perfección final de esa autooblación en la colina del Calvario.

Dicho esto; tenemos que pasar a considerar el papel de María en estos acontecimientos salvíficos. Después de todo, ella es la que presenta a Jesús en el templo; o, más correctamente, ella y su esposo José, pues se menciona a ambos padres. Y preguntamos: ¿Se trataba exclusivamente de cumplir el ritual prescrito, una formalidad practicada por muchos otros matrimonios? ¿O encerraba una significación mucho más profunda que todo esto? Los padres de la Iglesia y la tradición cristiana responden en sentido afirmativo.

Para María, la presentación y ofrenda de su hijo en el templo no era un simple gesto ritual. Indudablemente, ella no era consciente de todas las implicaciones ni de la significación profética de este acto. Ella no alcanza a ver todas las consecuencias de su fiat en la anunciación. Pero fue un acto de ofrecimiento verdadero y consciente. Significaba que ella ofrecía a su hijo para la obra de la redención con la que él estaba comprometido desde un principio. Ella renunciaba a sus derechos maternales y a toda pretensión sobre él; y lo ofrecía a la voluntad del Padre. San Bernardo ha expresado muy bien esto: “Ofrece a tu hijo, santa Virgen, y presenta al Señor el fruto bendito de tu vientre. Ofrece, para reconciliación de todos nosotros, la santa Víctima que es agradable a Dios’.

Hay un nuevo simbolismo en el hecho de que María pone a su hijo en los brazos de Simeón. Al actuar de esa manera, ella no lo ofrece exclusivamente al Padre, sino también al mundo, representado por aquel anciano. De esa manera, ella representa su papel de madre de la humanidad, y se nos recuerda que el don de la vida viene a través de María.

Existe una conexión entre este ofrecimiento y lo que sucederá en el Gólgota cuando se ejecuten todas las implicaciones del acto inicial de obediencia de María: “Hágase en mi según tu palabra”. Por esa razón, el evangelio de esta fiesta cargada de alegría no nos ahorra la nota profética punzante: “He aquí que este niño está destinado para ser caída y resurgimiento de muchos en Israel; será signo de contradicción, y una espada atravesará tu alma, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2,34-35).

El encuentro futuro. La fiesta de hoy no se limita a permitirnos revivir un acontecimiento pasado, sino que nos proyecta hacia el futuro. Prefigura nuestro encuentro final con Cristo en su segunda venida. San Sofronio, patriarca de Jerusalén desde el año 634 hasta su muerte, acaecida en el año 638, expresó esto con elocuencia: “Por eso vamos en procesión con velas en nuestras manos y nos apresuramos llevando luces; queremos demostrar que la luz ha brillado sobre nosotros y significar la gloria que debe venirnos a través de él. Por eso corramos juntos al encuentro con Dios”.

La procesión representa la peregrinación de la vida misma. El pueblo peregrino de Dios camina penosamente a través de este mundo del tiempo, guiado por la luz de Cristo y sostenido por la esperanza de encontrar finalmente al Señor de la gloria en su reino eterno. El sacerdote dice en la bendición de las candelas: “Que quienes las llevamos para ensalzar tu gloria caminemos en la senda de bondad y vengamos a la luz que brilla por siempre”.

La candela que sostenemos en nuestras manos recuerda la vela de nuestro bautismo. Y la admonición del sacerdote dice: “Ojalá guarden la llama de la fe viva en sus corazones. Que cuando el Señor venga salgan a su encuentro con todos los santos en el reino celestial”. Este será el encuentro final, la presentación postrera, cuando la luz de la fe se convierta en la luz de la gloria. Entonces será la consumación de nuestro más profundo deseo, la gracia que pedimos en la poscomunión de la misa:

Por estos sacramentos que hemos recibido, llénanos de tu gracia, Señor, tú que has colmado plenamente la esperanza de Simeón; y así como a él no le dejaste morir sin haber tenido en sus brazos a Cristo, concédenos a nosotros, que caminamos al encuentro del Señor, merecer el premio de la vida eterna.

María, Madre animada por el Espíritu Santo

1. Como culminación de la reflexión sobre el Espíritu Santo, en este año dedicado a él durante el camino hacia el gran jubileo, elevamos la mirada hacia María. El consentimiento que dio en la Anunciación, hace dos mil años, constituye el punto de partida de la nueva historia de la humanidad. En efecto, el Hijo de Dios se encarnó y comenzó a habitar entre nosotros cuando María declaró al ángel: «He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).

La cooperación de María con el Espíritu Santo, manifestada en la Anunciación y en la Visitación, se expresa en una actitud de constante docilidad a las inspiraciones del Paráclito. Consciente del misterio de su Hijo divino, María se dejaba guiar por el Espíritu para actuar de modo adecuado a su misión materna. Como verdadera mujer de oración, la Virgen pedía al Espíritu Santo que completara la obra iniciada en la concepción para que el niño creciera «en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52). En esta perspectiva, María se presenta como un modelo para los padres, al mostrar la necesidad de recurrir al Espíritu Santo para encontrar el camino correcto en la difícil tarea de la educación.

2. El episodio de la presentación de Jesús en el templo coincide con una intervención importante del Espíritu Santo. María y José habían ido al templo para «presentar» (Lc 2, 22), es decir, para ofrecer a Jesús, según la ley de Moisés, que prescribía el rescate de los primogénitos y la purificación de la madre. Viviendo profundamente el sentido de este rito, como expresión de sincera oferta, fueron iluminados por las palabras de Simeón, pronunciadas bajo el impulso especial del Espíritu.

El relato de san Lucas subraya expresamente el influjo del Espíritu Santo en la vida de este anciano. Había recibido del Espíritu la garantía de que no moriría sin haber visto al Mesías. Y precisamente «movido por el Espíritu, fue al templo» (Lc 2, 27) en el momento en que María y José llegaban con el niño. Así pues, fue el Espíritu Santo quien suscitó el encuentro. Fue él quien inspiró al anciano Simeón un cántico para celebrar el futuro del niño, que vino como «luz para iluminar a las naciones» y «gloria del pueblo de Israel» (Lc 2, 32). María y José se admiraron de estas palabras, que ampliaban la misión de Jesús a todos los pueblos.

También es el Espíritu Santo quien hace que Simeón pronuncie una profecía dolorosa: Jesús será «signo de contradicción» y a María «una espada le traspasará el alma» (Lc 2, 34. 35). Con estas palabras, el Espíritu Santo preparaba a María para la gran prueba que la esperaba, y confirió al rito de presentación del niño el valor de un sacrificio ofrecido por amor. Cuando María recibió a su hijo de los brazos de Simeón, comprendió que lo recibía para ofrecerlo. Su maternidad la implicaría en el destino de Jesús y toda oposición a él repercutiría en su corazón.

3. La presencia de María al pie de la cruz es el signo de que la madre de Jesús siguió hasta el fondo el itinerario doloroso trazado por el Espíritu Santo a través de Simeón.

En las palabras que Jesús dirige a su Madre y al discípulo predilecto en el Calvario se descubre otra característica de la acción del Espíritu Santo: asegura fecundidad al sacrificio. Las palabras de Jesús manifiestan precisamente un aspecto «mariano» de esta fecundidad: «Mujer, he ahí a tu hijo» (Jn 19, 26). En estas palabras el Espíritu Santo no aparece expresamente. Pero, dado que el acontecimiento de la cruz, como toda la vida de Cristo, se desarrolla en el Espíritu Santo (cf. Dominum et vivificantem, 40-41), precisamente en el Espíritu Santo el Salvador pide a la Madre que se asocie al sacrificio del Hijo, para convertirse en la madre de una multitud de hijos. A este supremo ofrecimiento de su Madre Jesús asegura un fruto inmenso: una nueva maternidad destinada a extenderse a todos los hombres.

Desde la cruz el Salvador quería derramar sobre la humanidad ríos de agua viva (cf. Jn 7, 38), es decir, la abundancia del Espíritu Santo. Pero deseaba que esta efusión de gracia estuviera vinculada al rostro de una madre, su Madre. María aparece ya como la nueva Eva, madre de los vivos, o la Hija de Sión madre de los pueblos. El don de la madre universal estaba incluido en la misión redentora del Mesías: «Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado…», escribe el evangelista, inmediatamente después de la doble declaración: «Mujer, he ahí a tu hijo», y «He ahí a tu madre» (Jn 19, 26-28).

Esta escena permite intuir la armonía del plan divino con respecto al papel de María en la acción salvífica del Espíritu Santo. En el misterio de la Encarnación su cooperación con el Espíritu había desempeñado una función esencial; también en el misterio del nacimiento y la formación de los hijos de Dios, el concurso materno de María acompaña la actividad del Espíritu Santo.

4. A la luz de la declaración de Cristo en el Calvario, la presencia de María en la comunidad que espera la venida del Espíritu en Pentecostés asume todo su valor. San Lucas, que había atraído la atención sobre el papel de María en el origen de Jesús, quiso subrayar su presencia significativa en el origen de la Iglesia. La comunidad no sólo está compuesta de Apóstoles y discípulos sino también de mujeres, entre las que san Lucas nombra únicamente a «María, la madre de Jesús» (Hch 1, 14).

La Biblia no nos brinda más información sobre María después del drama del Calvario. Pero es muy importante saber que ella participaba en la vida de la primera comunidad y en su oración asidua y unánime. Sin duda estuvo presente en la efusión del Espíritu el día de Pentecostés. El Espíritu que ya habitaba en María, al haber obrado en ella maravillas de gracia, ahora vuelve a descender a su corazón, comunicándole dones y carismas necesarios para el ejercicio de su maternidad espiritual.

5. María sigue cumpliendo en la Iglesia la maternidad que le confió Cristo. En esta misión materna la humilde esclava del Señor no se presenta en competición con el papel del Espíritu Santo; al contrario, ella está llamada por el mismo Espíritu a cooperar de modo materno con él. El Espíritu despierta continuamente en la memoria de la Iglesia las palabras de Jesús al discípulo predilecto: «He ahí a tu madre», e invita a los creyentes a amar a María como Cristo la amó. Toda profundización del vínculo con María permite al Espíritu una acción más fecunda para la vida de la Iglesia.

Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles
9 de diciembre de 1998